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Hoy me ha llamado Paula, la hija de José. No lo esperaba, de hecho algo en mi me venía diciendo que debía ser yo quien contactara con ella porque sentía que podía necesitar hablarme.

José padece un cáncer de larga evolución. Durante años Paula ha estado atendiendo a las necesidades de su padre involucrando en ello a su marido e hijos ya que residía con ellos en su casa. Hasta no hace mucho esta carga se soportaba porque era Paula la que asumía todos los cuidados motivada por la idea de que ella no podía exigir a su familia que se diera igual que ella al cuidado del enfermo. A lo largo de los años la situación se ha mantenido pero Paula lo ha vivido con tensión ya que a medida que pasaba el tiempo más necesitaba de ella el enfermo y menos podía darse a los demás. Hasta ahora en que la situación ha explotado. Su relación de pareja viene arrastrando una crisis sin resolver de años, sus hijos le reprochan el tiempo que no les ha dado, a su alrededor todos le indicamos que ya no puede hacer más por su padre y que no puede darle los cuidados que necesita por lo que debería ingresarlo y encima aparece un alto reproche por la persona a la que se ha estado dando, un hombre machista y egoísta que los demás sienten que no se merece su sacrificio.

En las últimas semanas Paula ha venido nuestro Centro de Apoyo Psicoterapéutico con mucha más frecuencia de lo que es habitual. No nos pedía soluciones, ni que hiciésemos nada como profesionales. Sólo pedía tener a alguien a quien contarle lo sola que se sentía y lo agotada que está de luchar por la comprensión de los demás, sin conseguirla.

Personalmente hay cosas que me han llamado poderosamente la atención, como la actitud que tiene hacia su padre. Ella puede entender que los demás no acepten su servicio (porque su padre ha sido una persona que “no se merecía” esta dedicación) pero no entiende por qué los demás no aceptan que ella haga esta elección.

Al escucharla, yo me planteaba el mensaje que Jesús daba al hablar del amor y exponer:

“Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo. No juzguéis y no os juzgarán, no condenéis y no os condenarán, perdonad y os perdonarán, dad y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante; pues la medida que uséis la usarán con vosotros.” (Lc 6, 36-39)

Paula no juzga quien ha sido su padre aunque lo sabe, ni que los demás elijan no ayudarla.

Sólo sabe que hay un enfermo que la necesita y que no hay nadie más dispuesto a responsabilizarse de él, ¿cómo abandonarlo?

“En esto se levantó un jurista y le preguntó para ponerlo a prueba:

-Maestro ¿qué tengo que hacer para heredar la vida definitiva?

El le dijo:

-¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo es eso que recitas?

Este contestó:

-Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente. Y a tu prójimo como a ti mismo.

El le dijo:

-Bien contestado. Haz eso y tendrás vida.

Pero el otro, queriendo justificarse, preguntó a Jesús:

-¿Y quién es mi prójimo? (Lc10, 25-30)

Y yo me pregunto, ¿Por qué se le exige a Paula que juzgue a su prójimo, representado en su padre, antes de decidir si se merece sus cuidados? ¿Y por qué no se puede aceptar su elección?

En mi actuación profesional durante el último año con esta mujer, he visto en ella una persona sometida a una fuerte tensión por no ser capaz de equilibrar lo que los demás esperan de ella y la elección que ella desea asumir. Es capaz de ponerse en el lugar de sus hijos y entender lo que sufren por la entrega a su padre, es capaz de ponerse en el lugar de su padre y es capaz de entender lo que necesita de ella, es capaz de ponerse en el lugar de los demás y entender que no compartan su elección, pero lo que más dolor le causa es que nadie sea capaz de ponerse en su lugar y acepte su elección.

Y llego a preguntarme ¿cómo saber si lo acertado es entregarse al enfermo a costa de los que están sanos? ¿Cómo asegurar que lo que está haciendo no crea otras enfermedad a su alrededor?

En medio de esta confusión y del dolor que crea esta situación sólo espero que de alguna manera en la elección que hace esta mujer se esté cumpliendo el mandato que nos envió Jesús cuando les dijo a sus discípulos:

“Este es el mandamiento mío: que os améis unos a otros igual que yo os he amado. Nadie tiene amor más grande por los amigos que uno que entrega su vida por ellos” (Jn 15,12-16)

Y ruego porque el sacrificio que tantas personas realizan hacia sus enfermos hasta el punto de negarse así mismos llegue al menos a ser aceptado y respetado por quienes les rodean.

Padre enséñanos a ver las señas de tu santidad en la entrega gratuita y generosa de los que aman a los débiles y haznos gratuitos a nosotros en nuestras profesiones. Amén.