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La salud en mi mano… para el bien común

Mi profesión se desarrolla en el ámbito de la salud pública. Cada día lo vivo como un lienzo pendiente de pintar: puedes estar más o menos inspirado, pero se espera que completes tu pintura y, si puede ser, que la llenes de color y de alegría. A veces, las circunstancias te permiten conseguir una buena acuarela y otras veces, sin embargo, sientes que no has conseguido una obra que emocione, que llegue al corazón de quien la pueda recibir.

Tengo la costumbre de hacer oración camino de la oficina y ahí aprovecho para dar gracias por tantas cosas.

Eso me sirve para enfocar mi tiempo de trabajo y pedir que el Espíritu me guíe. Espero conseguir una bella pintura.

Yo diferenciaría dos aspectos en el desarrollo de mi profesión, relacionados con mi vivencia de la fe. Por una parte, el trato con los compañeros y, por otra, el contenido propiamente técnico del trabajo y sus efectos en los terceros.

Experiencia-profesional-px-profesionales-cristianos-salud-publica-zaragoza-2Para situar el trato con los compañeros, he de decir que mis funciones son lo que, a veces, he oído denominar un “mando intermedio”. Eso de intermedio supone que, en cuanto a la relación laboral, estás como el queso del sándwich: te aprietan tanto desde arriba como desde abajo. Tengo relación directa con unas veinte personas a quienes doy trabajo, además de otras setenta y tantas cuyas funciones dependen de mí. Por el otro lado, tengo varios jefes en diferentes niveles de la escala de la organización.

El trato que tengo con la mayoría de los jefes es escaso en tiempo, aunque pueda ser importante en otros aspectos. Por eso, cuando me planteo qué puedo hacer cada día para conseguir una buena pintura, creo que, donde de verdad me la juego, es con aquellos con los que estoy muchas horas en la oficina y con los que dependen de mis decisiones. En ocasiones, siento que no seré capaz de detectar dónde necesito poner el color. Otras, me ocurre que el trato con algunos compañeros no es fácil, que hay personas muy tendentes a la queja sistemática, a ver la botella medio vacía y a encontrarle pegas a cualquiera de mis decisiones. Sin embargo, me digo que no puedo por eso tratarlas diferente, ni hacerles menos caso (como me pide el cuerpo), ni dejar de intentar que se sumen al equipo como los demás. Una de mis peticiones en la oración matutina es intentar tener empatía. Reconozco que no siempre lo consigo.

Para mí es importante identificar a quienes tienen necesidad.

Ya sea por enfermedad, por desgracias familiares, problemas en el trabajo o en su familia. Cada vez que llega alguien nuevo, le ofrezco mi disponibilidad no sólo para las dificultades en el trabajo, sino también en las personales. En este aspecto, me resulta especialmente gratificante que los compañeros y subordinados puedan sentir que en mí tienen un apoyo, aunque solo sea para escucharles. Cuando ocurre, es maravilloso y realmente siento que he sido útil para dejar actuar al Espíritu.

Otra de mis funciones consiste en que las personas trabajen como se espera de ellas y eso supone que, a veces, tienes que reconvenirles o llamarles la atención. Estas situaciones desagradables, con el tiempo, he conseguido (no me preguntéis cómo) plantearlas, en general, de una manera más amistosa o familiar. Creo que es algo intuitivo, que te da la experiencia. Sin embargo, hay casos difíciles, por sí mismos o por sus actores, donde no queda más remedio que ponerse realmente serio. Confieso que, en estas situaciones, trato de encontrar un tiempo de tranquilidad y ponerme en oración, aunque sea en mi despacho, abrirme al padre y pedirle ayuda. Hasta ahora, me ha venido muy bien.

Experiencia-profesional-px-profesionales-cristianos-salud-publica-zaragoza.-3JPGEl segundo aspecto importante es la relación con los destinatarios de mi trabajo. Me dedico a la seguridad alimentaria y eso supone que entran dos actores en juego: las empresas alimentarias y la sociedad en general. Nuestra misión es controlar que las primeras actúan correctamente para garantizar la seguridad alimentaria de la población.

El hecho de que el destinatario (beneficiario) final de mi trabajo no tenga una cara concreta es, para mí, uno de los temas más difíciles a gestionar desde el punto de vista ético y cristiano. Porque, en la balanza, tengo claro cada vez quién está en un lado: una empresa concreta, con unas personas concretas. Sin embargo, en el otro lado, estamos todos en general y nadie en particular.

Y supone un problema porque mi equipo tiene la misión de que las empresas alimentarias hagan lo correcto, empezando por el propio diseño estructural de un establecimiento y terminando por las prácticas y manipulaciones de las personas. Eso nos lleva, por ejemplo, a situaciones en las que empresas incumplidoras tienen que ser sancionadas y, de repente, un día tienes en tu despacho a una señora (que te recuerda a tu madre) a quien tienes que sancionar si quieres ser coherente con las normas y no generar un agravio comparativo con el resto de empresas. O también a un señor, propietario de una empresa, quizá familiar, que ha invertido un dinero, posiblemente sus ahorros, en preparar un establecimiento sin haberse asesorado adecuadamente. Señor (que se da un aire a tu abuelo) a quien no te queda más remedio que decirle que lo que ha hecho… ¡no le vale!

En ambos casos tienes que actuar por el bien general (un lado de la balanza), a quien no le pones cara, mientras (en el otro lado) delante de ti tienes a la contraparte, con nombres y apellidos, a la que es muy difícil explicarle y aplicarle las decisiones que debes tomar.

Este tipo de situaciones siempre me parecen duras. Mi misión es mojarme y tomar decisiones y por eso no me queda más remedio que apechugar. No ha sido baladí el apoyo encontrado en mi grupo de revisión de vida, que me ha dado calor y apoyo ante situaciones realmente difíciles, ayudándome a juzgar y a actuar desde la perspectiva de la fe con mejores elementos de juicio.

Uno de los aprendizajes que he obtenido de la gestión de estos conflictos es ser asertivo ante determinadas situaciones, algunas que pueden ser negativas para las empresas. Desde entonces, no me puedo resistir, si así lo creo, a decirles que les conviene replantearse un negocio alimentario antes de gastarse el dinero, cuando, según mi experiencia, el establecimiento no puede llegar a cumplir o el negocio parece no tener posibilidad de ser rentable. Esto último queda fuera de mis funciones laborales, pero creo que es mejor (que es mi obligación cristiana) que alguien les abra los ojos, o al menos les avise, antes de que lleguen a un callejón sin salida. Solo si lo hago así siento que mi pintura tiene los colores y el espíritu necesarios para aportar algo a su destinatario.

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