Somos a través de grupos de Revisión de Vida… esta espiritualidad, compartida con el resto de movimientos de Acción Católica, guía nuestro día a día en los grupos, y en comunidad.

LA REVISIÓN DE VIDA

VER

Cuestionario personal para compartir en el grupo.

  • ¿Qué entiendes por comunidad cristiana? ¿Sientes al grupo como espacio comunitario? Si es así, ¿en qué lo notas? Si no lo es, ¿por qué?
  • ¿Cómo es tu participación en el grupo? ¿Implicada, de dejarte llevar, interpeladora…? ¿pones sobre la mesa tus vivencias personales y profesionales y te dejas cuestionar o piensas que eso corresponde a tu vida privada y no importa en el grupo? ¿Crees que los demás piensan y actúan así?
  • ¿Qué entiendes por vida comunitaria cristiana?
  • ¿Vives la fe individualmente o comunitariamente?
  • ¿De dónde se nutre tu fe? ¿de la Eucaristía y otros sacramentos, de tu oración, de los hechos de tu vida, del grupo de revisión de vida…?
  • ¿Qué entiendes por ser seguidor de Jesús?
  • ¿Cómo sigues a Jesús en todos los ámbitos de tu vida (profesional, familiar, social…)?
  • ¿Notas la presencia de un Dios todomisericordioso en todos los aspectos de tu vida y de tu entorno? ¿en qué lo notas?
  • ¿Qué entiendes por conversión cristiana?
  • ¿En qué momentos de tu vida has sentido un cambio de actitud que te ha llevado a una acción venida de un impulso interior ante una indignación, una injusticia, un acto bondadoso, algo bello…?

JUZGAR

Lectura-creyente-profesionales-cristianosRevisión es la acción de revisar y este verbo quiere decir ver con atención y cuidado. Aprender a ver el paso del Espíritu por nuestras vidas, en cada acontecimiento, la presencia de Jesús en nuestra realidad tomando parte de lo más insignificante y débil… es aprender a contemplar lo que hacemos y no hacemos, a experimentar gratuitamente y con amor la realidad cotidiana profesional, familiar, social… es aprender a mirar con los ojos de Jesús, a sentir con el corazón de Jesús y a tomar partido y actuar con las manos de Jesús. Por eso la Revisión de vida es una pedagogía mediante la cual un grupo de cristianos se embarcan en un camino con el Espíritu como fuente y motor de sus vidas.

Si hoy se nos dice que hay que integrar en la persona tres capacidades básicas para su desarrollo potenciando y desplegando todas ellas, sentir, pensar y actuar, la metodología de la Revisión de vida está estructurada en tres fases de igual sentido, sin que ninguna pueda faltar. Estos tres momentos que para muchos pueden seros conocidos, ver, juzgar y actuar, suponen un estilo de vida con el que ser coherente de modo que se vivan y experimenten los valores y la fe cristiana en que se creen.

El autor que puso en marcha este método, J. Cardijn, para trabajar con jóvenes obreros que darían lugar a la JOC hace casi un siglo, decía al respecto: Es el método “por ellos, entre ellos y para ellos” que tiene por objeto hacer descubrir a los jóvenes trabajadores la significación y el objeto de sus existencia, su razón de vivir y de trabajar, su propia personalidad, y la misión que tiene en la sociedad desde la perspectiva de la fe.

El objetivo de la RdV es pues descubrir desde la fe el objeto de nuestra existencia y nuestra misión en esta vida.

Tal descubrimiento lo iremos encontrando en el quehacer de cada día. Si la vida la miramos con atención y cuidado, la viviremos con mayor intensidad, percibiendo una realidad rica, variada, compleja, gozosa y dolorosa, una realidad que nos reclamará a gritos que nos hagamos cargo de ella, nos encarguemos de ella y carguemos con ella, como han dicho (y experimentado) otros que han querido vivir prosiguiendo a Jesús de Nazaret.

Otro aspecto importante que no hay que descuidar es que para que la RdV sea completa no han de faltar en el Ver, Juzgar y Actuar, las dimensiones militante, creyente y comunitaria en cada momento:

La dimensión militante: partimos de un Ver crítico y responsable, nos dejamos interpelar por la Palabra en el Juzgar y obramos en consecuencia en el Actuar.

La dimensión creyente: vemos con compasión la realidad deteniéndonos en lo desfavorecido, nos dejamos juzgar y convertir por la Palabra viva y anticipamos la utopía del Reino con nuestra acción.

La dimensión comunitaria: reunidos en pequeña asamblea, vemos solidariamente los hechos que vamos viviendo y profundizamos y enriquecemos desde todas las miradas uno de ellos y su aspecto fundamental, escuchamos entre todos lo que el Padre quiere de nosotros y compartimos nuestras acciones con interpelaciones de todos para no estancarnos y rehuir de las llamadas.

La Iglesia ha asumido enseguida esta pedagogía de fe y la ha impulsado en todas sus esferas, al comprobar el gran medio que es para conseguir la síntesis fevida, o lo que es lo mismo, vivir la fe desde la vida y vivir la vida desde la fe:

“Es muy oportuno que se invite a los jóvenes frecuentemente a reflexionar sobre estas tres fases [Ver-Juzgar-Actuar] y a llevarlas a la práctica, en cuanto sea posible. Así los conocimientos aprendidos y asimilados no quedan en ellos como ideas abstractas, sino que los capacitan prácticamente para llevar a la realidad concreta los principios y directivas sociales.” Juan XXIII, Encíclica “Mater et Magistra”, 72.

Volviendo a la revisión de vida (Tomado del libro de Luis Fernando Crespo, Revisión de vida y seguimiento de Jesús, Ed. Hoac.)

En la sociedad y la cultura actual los movimientos y las comunidades cristianas desarrollan su tarea fundamental de suscitar y acompañar los procesos de crecimiento en la fe y los testimonios de sus miembros en los ambientes en que se desempeñan.

La RHV [Revisión de hechos de vida] encuentra ahí también su lugar como pedagogía de la fe. La opción pedagógica de formación en la acción, acción reflexionada a la luz de la palabra y de la práctica de Jesús en orden a una nueva inserción en la vida cotidiana y el compromiso, mantiene su vigencia tanto en las comunidades que se inician como en aquellas que tienen ya una larga trayectoria. No obstante, las características de nuestro tiempo reclaman algunas observaciones y énfasis.

  1. Un VER solidario

    El momento que abre la RHV es sin duda el ver, la experiencia vivida y compartida en comunidad. El gusto actual por narrar y contar los hechos concretos de la vida –pequeños relatos– puede facilitar la comunicación inicial. Importa elegir bien las experiencias que se revisan para no quedarse en la anécdota intranscendente que oculta lo más significativo y comprometedor.

    La mayor sensibilidad y valoración actual de los aspectos personales, de la subjetividad y de los sentimientos contribuyen a dar mayor vitalidad a la RHV, con el riesgo posible de pasar por alto o desatender los procesos sociales y políticos en los que se enmarcan las vidas personales. Un ver cualificado por la fe, un ver con compasión, a la manera de Jesús, ayudará a superar miradas demasiado individualistas, replegadas sobre intereses legítimos, pero sin apertura hacia el ancho mundo de los otros. La imagen frecuente de jóvenes –también de adultos– que caminan ensimismados en su música, la de sus individuales audífonos, puede ser un símbolo de este individualismo ambiental que no presta oídos ni ojos a la realidad circundante de los demás. La confrontación con los otros nos permite vernos y entendernos mejor. La mirada se convierte en ceguera cuando se opta por no mirar más lejos y más profundo.

    Hoy se requiere con mayor urgencia una mirada crítica que no se deje atrapar por las imágenes interesadas que los medios de comunicación masiva, tan poderosos y al servicio de los poderosos, nos presentan e imponen.

    Aprendimos en el pasado a analizar la realidad en sus causas y mecanismos estructurales y hay que seguir haciéndolo. El fenómeno de la globalización, la interrelación mundial de la economía, las grandes corporaciones de la industria, la movilidad incontrolable del capital financiero hacen cada vez más complejo el análisis de los fenómenos sociales y sus causas. Y en este marco difícil de comprender es en el que se sitúan y hay que revisar los hechos de la vida de los trabajadores, de los estudiantes y en general de los ciudadanos. Se hace imperioso, por tanto, acompañar las revisiones con sesiones de estudio que ayuden a desentrañar los secretos de este mundo tan complejo.

    Por otra parte, hay que reconocer también que la globalización de las comunicaciones ha ampliado el horizonte de percepción de la realidad y ha despertado nuestra conciencia hacia los derechos humanos de las minorías y de las poblaciones que hasta ahora nos resultaban lejanas y diferentes, lo cual enriquece y ensancha nuestra capacidad de ver la realidad.

    En clave espiritual, que es la propia de la RHV, siempre habrá que insistir en la manera como Jesús se situaba ante su realidad: “Al ver la muchedumbre sintió compasión…” (Mc 6,34; Mt 9,36). La compasión permite una sintonía más profunda, afina la vista y el oído, hace llegar hasta el fondo más humano de las situaciones y de los comportamientos. La compasión de Jesús tiene también la peculiaridad de orientar su mirada y preocupación hacia las personas más pobres y marginales: ese criterio formulado hoy como opción preferencial por los pobres no podemos pasarlo por alto en un proceso de revisión que queremos desde el comienzo cristiano. Se traduce en una atención más vigilante para descubrir cómo repercuten los procesos sociales y los hechos que se revisan en la vida de los pobres.

  2. Un JUZGAR que abre a la esperanza

    El momento del juzgar, en cuanto confrontación explícita con la palabra de Dios y la práctica de Jesús, continúa siendo el corazón de la RHV.

    No es fácil, en el actual estilo apresurado de vivir y querer resolver pragmáticamente las situaciones problemáticas, darse tiempo para la escucha sosegada y la reflexión en perspectiva ética y creyente. Y, paradójicamente, el creciente cansancio e insatisfacción ante los resultados del pragmatismo parecen reclamar su necesidad y urgencia.

    La palabra de Dios ha ido revelando a lo largo del tiempo su fuerza liberadora y dadora de sentido. Ante la sensación de vacío que muchos experimentan, en medio de tantas cosas que la gente posee o desea poseer, hay una búsqueda de sentido válido para vivir, de razones motivadoras para afrontar con coherencia los desafíos de la propia existencia y de la convivencia social. Finalmente, parece presentirse una necesidad general de tener de quién fiarse y a quién confiarse. No es posible vivir tan encerrados en sí mismos. La fe, la esperanza y el amor, en cuanto actitudes profundamente humanas, vuelven a asomar sus dedos pugnando por salir a la superficie. Constituyen una apertura humana a la que el Dios de la Biblia revelado en Jesucristo se muestra capaz de responder. En Jesús, en su entrega incondicional por amor hasta la muerte y sobre todo en su resurrección, victoria definitiva sobre la muerte, Dios se revela como alguien en quien se puede creer, alguien que fundamenta esperanza y alguien, fuente de amor y de vida, en quien descansar sintiéndose amado y acogido, y a quien sin temor uno puede entregarse y amar.

    Confrontarse con el Dios viviente no es tanto sentirse juzgado, sino más bien llamado y atraído a nuevas y más plenas formas de vivir con sentido. Lo descubrimos como una constante en los encuentros de las personas con Jesús. Nadie sale condenado o rechazado, puede ser que salga agudamente cuestionado como el joven rico (Mt 19,22). Al contrario, aun confrontados con exigencias no previstas, las palabras dominantes en esos encuentros son “ánimo, no teman” (Mc 6,50), “levántate, toma tu camilla y vete a tu casa” (Mc 2,11), “tu fe te ha salvado, vete en paz” (Lc 7,50), “tampoco yo te condeno. Vete y en adelante no peques más” (Jn 8,11). Son palabras que invitan al seguimiento y a la amistad, a la acogida del reino de Dios, en el entendido de que, aun exigiendo conversión, cambio radical de camino y de opciones de vida, está ofreciendo una felicidad que, aunque no sepamos bien donde encontrarla, todos anhelamos y perseguimos. El mensaje de las bienaventuranzas responde bien, como ya dijimos, a la búsqueda más sentida de las personas en el contexto posmoderno y señala un camino de actitudes y comportamientos que apuntan a hacer más humana y feliz la vida de los demás.

    En cierta medida, lo primero que sugiere la palabra juzgar se queda corto. Se trata más bien de un discernimiento del camino concreto para seguir con coherencia a Jesús en las situaciones complejas de la vida y a la vez un llamado o exhortación apremiante para ponerlo en práctica. Sabiendo además que la palabra de Dios, precisamente por ser de Dios, no está separada de su amor y bondad. Es apremiante, pero acompaña y da fuerza. Por eso de la RHV se sale confiado y esperanzado más que agobiado por una mayor exigencia. Esta perspectiva liberadora –recuérdese “la verdad les hará libres” (Jn 8,31)– y alentadora nunca debe ser olvidada.

    Cabe además recordar que la insistencia actual de la cristología en subrayar la verdadera humanidad de Jesús y los estudios acuciosos e informados sobre el contexto real en el que se desarrolló su misión ofrecen un material más preciso y rico para la confrontación, tan llena de semejanzas profundas, pese a las enormes desemejanzas, con los desafíos de la presente época.

  3. Un ACTUAR que se hace testimonio y evangelio

    Conviene, finalmente, recordar que la revisión de vida, como pedagogía que orienta hacia la conversión, apunta a actuar, a transformar la vida de las personas y la realidad. Frente a corrientes de espiritualidad que se detienen fácilmente en lo más religioso e intimista, hay que recalcar la densidad transformadora y social del mensaje del reino y de la práctica de Jesús. Y de manera especial cuando se realiza en movimientos y en comunidades de laicos.

    El Concilio y el documento pos-sinodal Christifideles laici insistieron en el carácter secular del compromiso laical. Estar presentes en la sociedad, en todos sus ámbitos e instituciones, en la familia y en el trabajo, en la investigación científica y en las organizaciones sociales y políticas, como luz y sal, como levadura en la masa. Espiritualidad de encarnación, de solidaridad y de servicio con el acento cristiano de la preocupación primera por la vida de los pobres. Hoy la Iglesia en su conjunto reconoce el carácter evangélico y obligatorio de la opción preferencial por los pobres, y no sólo como tarea asistencial en situaciones de emergencia, sino como sentido que hay que imprimir a todo compromiso y responsabilidad social. En el momento actual de crecientes diferencias, donde el poder, el lujo y el despilfarro de los muy pocos constituye una provocación insultante al atraso y pobreza de la mayoría de la humanidad, la opción preferencial por los pobres constituye también una exigencia que debe marcar incluso los personales estilos de vida. En este sentido, la actuación suscitada en la RHV no debe quedarse sólo en trazar líneas generales de compromiso, es preciso que descienda a pormenores más concretos de las responsabilidades y tareas cotidianas.

    El actuar de la revisión no apunta sólo a mejorar comportamientos personales, sino a través de ellos a incidir en ámbitos más amplios de la familia, el trabajo y de todo el contexto social. Es así como el compromiso se va haciendo testimonio y buena noticia. El anuncio del evangelio pasa hoy muchas veces más por el testimonio silencioso y a la vez elocuente de pequeños gestos de solidaridad, honradez insobornable, sencillez en los estilos de vida y de relación con las personas, alegría y constancia en las dificultades, esperanza tenaz en que es posible construir una sociedad más humana y justa.

  4. CELEBRAR la gratuidad

    La comunidad cristiana, que se reúne para revisar su vida se reconoce convocada por el amor del Padre que en su Hijo resucitado nos regala su Espíritu. El movimiento de conversión que se vive en la RHV es una experiencia de salvación, en su sentido más hondo de comunión con la vida nueva del Resucitado, que actúa por su Espíritu en los miembros de la comunidad para gloria del Padre. Salvación y comunión tan gratuitas que sólo cabe agradecer y celebrar.

    Es experiencia de lo que el evangelio de Juan designa como renacimiento (Jn 3,3.5) y de lo que en el lenguaje peculiar de Pablo se formula como pasar de un “morir al pecado” a un “vivir para Dios”, considerándose “como muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús” (Rm 6,10.11). O, siguiendo aún a Pablo, es experiencia de que la vida que vivimos en las condiciones cotidianas y comunes puede ser expresada adecuadamente de manera más profunda con las palabras “es Cristo quien vive en mí” (Ga 2,20). Es, en definitiva, una experiencia de gracia, expresión del amor gratuito –no, al menos en primer lugar, de mérito y esfuerzo nuestro–, de la bondad misericordiosa de Dios para con nosotros, frágiles y frecuentemente inconsecuentes. “Dios nos amó primero” (1 Jn 4,19) y hace posible que nosotros amemos a Dios y a los hermanos.

    Tan abrumadora experiencia de gratuidad sólo puede ser bien acogida agradecidamente, dando gracias, alabando y celebrando. Las acciones que realizaba Jesús suscitaban en la gente alegría (ver Lc 13,17), alabanza y gloria a Dios (Mc 2,12). El mismo Jesús, ante la gracia –“beneplácito”– de Dios revelándose en los insignificantes, “se llenó de gozo en el Espíritu santo” y su gozo se expresa en bendición y alabanza (Lc 10,21). La primera acción de los discípulos Pedro y Juan narrada en Hechos de los Apóstoles provoca en el tullido recién curado una gozosa celebración: “Entró con ellos en el Templo saltando y alabando a Dios” (Hch 3,8).

    En la práctica de la RHV muchas comunidades cristianas acostumbran a concluir con una oración en las que se conjuga la petición y la acción de gracias. Me parece bueno resaltar ese momento no como un añadido sino como parte esencial de la revisión.

    En los últimos tiempos, y precisamente en las comunidades y grupos que ponen mayor énfasis en la práctica y en el compromiso social, percibimos también una especial sensibilidad por la dimensión de gratuidad del amor de Dios que envuelve y da sentido a la vida de los seres humanos. Y, consecuentemente, por una dimensión más contemplativa y celebrante de la vida cristiana. El gozo de saberse amados como hijos e hijas predomina hoy sobre el viejo temor a Dios, que en el pasado se resaltaba, quizá como un acicate para una mejor observancia de sus mandamientos. El Dios de Jesús invita a acoger gozosa y responsablemente su amor y a celebrarlo en el amor fraterno y en la acción de gracias.

    En tiempos en que el pragmatismo, la eficacia y la utilidad son criterios preponderantes a los que frecuentemente se somete a las personas, resulta realmente valioso y liberador redescubrir el valor del símbolo, de lo gratuito y de la fiesta. En definitiva, la vida cristiana se resume en fe, esperanza y amor, siendo este último el llamado a permanecer (1 Cor 13,8). Explicitar en las RHV la celebración y la acción de gracias y vincularla con la eucaristía, bien sea en la pequeña comunidad o en la asamblea dominical, puede hacer de este momento una síntesis y compendio de la vida cristiana y eclesial.

    Se puede decir que la RHV, buscando dar mayor calidad cristiana, y por eso mismo también humana, a la vida de cada uno y a las relaciones entre las personas, apunta a hacer de la comunidad humana una expresión de esa comunidad divina donde el amor y el don recíproco constituyen la esencia y la gloria de la vida trinitaria. Ese es el horizonte que la revelación de Jesús abre a todo compromiso histórico.

Concluyendo, creemos que la RHV podrá seguir siendo una pedagogía valiosa para encaminar responsablemente nuestro compromiso cristiano hacia un horizonte de salvación y contribuir con todos los seres humanos a construir una humanidad más fraterna y justa, sin privilegios y sin exclusiones.

ACTUAR

La mejor manera de conocer la Revisión de vida es haciéndola. A continuación tenemos la estructura habitual que nos orienta a comenzar, desarrollar y terminar una RdV; cada grupo adapta el modo y el tiempo de realizarla, siendo de 3 a 5 horas totales su desarrollo. Hay quienes dedican todo el tiempo en una sola sesión, o dedican dos sesiones, dejando el Juzgar y el Actuar para la segunda, con la Lectura creyente realizada cada miembro del grupo en su casa o bien en esa misma sesión se realiza y comparte dentro del Juzgar y se pasa al Actuar… En fin, que se trata de algo muy artesanal, pues al fin y al cabo surge de la propia vida y experiencia de los componentes del grupo y éstos irán dándole forma según vean la manera de estar a gusto y no perder dinamismo y eficacia para no descuidar ningún aspecto de la metodología y su fin.

GUÍA PARA LA REVISIÓN DE VIDA:

VER

Presentación de hechos, acciones, situaciones concretas.

Elección de uno de ellos. Ampliación, desarrollo y comentario del mismo.

  • ¿Cómo lo han vivido las personas que toman parte en ese hecho?
  • ¿Y yo cómo lo vivo y me sitúo?

Problema nuclear (lo más significativo) de todo esto. ¿Qué actitudes, experiencias, situaciones clave son especialmente significativas aquí?

Causas personales, ambientales y estructurales de todo lo anterior.

Consecuencias personales, ambientales y estructurales.

  • ¿Cómo está presente Dios?

Universalización del hecho: otras personas a las que también les pasa lo mismo. Hechos o situaciones parecidas a la que estamos revisando.

JUZGAR

¿Qué pensamos del hecho y del problema de fondo?

¿Qué piensan o hacen otros (personas, organizaciones…)

¿Cómo se sitúa Jesús ante este tipo de hechos, valores, personas…

  • ¿Qué valores evangélicos se potencian o se destruyen aquí?

Aportamos textos evangélicos, criterios del Nuevo Testamento. No basta aportarlos literalmente, sino que nos paramos a escucharlos, comentarlos, dejarnos interpelar:

  • ¿Qué ocurre en este pasaje del Evangelio?
  • ¿Cómo actúan o reaccionan las personas que aparecen en él?
  • ¿Jesús qué dice, cómo se sitúa?
  • ¿Qué nueva perspectiva o valoración nos aporta?
  • ¿Cómo nos vemos reflejados cada uno en lo que ha ido apareciendo?
  • ¿Qué llamadas nos surge desde estos hechos y esta reflexión?

Contemplamos cómo nos hemos encontrado con el Señor vivo y activo, que nos habla y nos llama desde la realidad, a través de la gente, de la Biblia, del testimonio de tantos creyentes, de los hermanos…

ACTUAR

Desde la experiencia compartida y la lectura creyente que acabamos de hacer, ¿qué misión nos encarga el Padre? ¿Qué acción o compromiso descubro a partir de todo lo anterior en relación con los hechos, acciones o situaciones expuestos:

  • En el terreno de mis actitudes personales?
  • Con relación a las personas o ambientes que me rodean?
  • ¿Qué me planteo hacer?, ¿cómo?, ¿con quién?, ¿cuándo?…
  • ¿Cómo ir trasmitiendo aquello que da sentido a nuestra vida?
  • Integra las acciones en tu PPVA.

Acabamos con una oración de acción de gracias.