De la paternidad a la catástrofe hay un paso. Ninguna otra experiencia provoca tal cúmulo de sensaciones contradictorias: de la ternura a la irritación permanente, de la lucidez repentina a la locura transitoria, del delirio vital al precipicio de las obligaciones que no cesan, los choques con la pareja, la fatiga crónica, la desorientación total… ¿Entonces, por qué tenemos hijos?”, escribe Carlos Fresneda en el artículo Estrés en familia. Recuperar el sentido de la paternidad (Integral, junio de 2000).

La maternidad y la paternidad: oportunidad de crecimiento personal

Hace tres años, cuando nació nuestra primera hija María del Mar, Javier y yo empezamos a darnos cuenta de que “ser papás” nos transformaría enormemente: ese bebé tierno y llorón nos hacía pensar sobre el sentido de la vida, y nos cuestionaba nuestro quehacer cotidiano. Con semejante experiencia de amor y una sensibilidad a flor de piel, sucumbimos al discreto encanto de la maternidad y la paternidad. Aún habiendo vivido experiencias vitales y profesionales enriquecedoras, nada nos había impactado tanto como el tener una hija. Todavía hoy, y ya con Aina, nuestra segunda niña, continuamos “impresionados”. Como dicen en Costa Rica, ellas son pura vida. Tanta, que te abruma.

Criar no es un camino de rosas. Una imagen que refleja simbólicamente esta etapa de la vida, la encontré en el libro Cómo no ser una madre perfecta, de Libby Purves: “la maternidad es levantarse por las mañanas y buscar por el suelo la ropa menos manchada”. Las dudas, el sentimiento de culpabilidad, el temor, el agotamiento, acechan varias veces al día. Los hijos, precisamente por su transparencia y sus ganas de vivir, te confrontan a tus límites. Pero he ahí una oportunidad única para el crecimiento personal y de la pareja.

Es imprescindible un cambio de mentalidad: los hijos no son cargas, ni un problema familiar. La maternidad y la paternidad son, sobre todo, etapas de realización y, por tanto, liberadoras. Y hay que intentar vivirlo así, aunque nada invite a ello y pocos seamos los que lo creamos. Basta con recordar a los movimientos feministas: le han dado la espalda a la mujer-madre hasta el punto de ridiculizarla. Tampoco se escapan los actuales programas de los organismos públicos para la mujer que tienen como único objetivo la inserción laboral y la equiparación total con el sexo opuesto. ¿Y qué decir de los hombres que intentan ser padres?

La imposible conciliación entre la vida laboral y la familiar

El mundo laboral y profesional también es cruel con los bebés. Para promocionar es indispensable disimular las veces que te has tenido que levantar por la noche para calmar un llanto o para cambiar las sábanas por un pipí que se ha escapado; también es necesario dedicar más horas a la formación continua, a reuniones o entrevistas extra, etc. Muchas padres aparcan durante demasiadas horas a los hijos en guarderías de dudosa tarea educativa, en un país con una inexistente red de centros de educación infantil regulada. “A las 8 h te dejo, a las 20 h te vengo a buscar”. Cuando no, les obligamos a adaptarse a nuestro ritmo acelerado. Son los “hijos del agobio”. No es de extrañar que las enfermedades crónicas, las depresiones y el estrés estén causando estragos entre la población infantil actual. Y es que mamá y papá trabajan, y hay que ser malabarista para organizarse (por no hablar de los terribles problemas cuando se ponen enfermos, o cuando las vacaciones escolares no coinciden con las nuestras). En la España del siglo XXI todavía no hay ningún partido político que tenga idea de lo que son las políticas de protección a la familia o las políticas familiares. “Las discusiones públicas sobre la familia giran en torno a cuestiones de principio o constituyen controversias ideológicas sobre los diferentes modelos de familia, en lugar de referirse a propósitos, prestaciones o programas sociales” explica Lluís Flaquer en su nuevo libro Las políticas familiares en una perspectiva comparada (Fundació La Caixa, 2000). A todo lo que se ha llegado ha sido a la aprobación , en 1999, de la Ley de conciliación de la vida familiar y laboral que, en realidad, poco aporta a ese difícil equilibrio.

Tras los nacimientos de mis dos hijas, y al finalizar la breve baja de maternidad que nos permite la susodicha Ley, me hubiera encantado solicitar una excedencia de tres años. Pero eso es considerado un derecho exclusivo de los funcionarios de carrera (¿Cuántos padres y madres con hijos menores de 6 años, cumplen esa condición en España?); en Alemania, la ley facilita esa opción a cualquier trabajador, con el apoyo de subsidios familiares considerables. Ya con mi segunda hija, por mi condición de funcionaria interina, tuve derecho a pedir reducción de jornada. Después de un año trabajando apenas 4 horas diarias, podemos afirmar que toda la familia ha salido beneficiada. Yo me he sentido más tranquila y paciente con mis hijas y con Javier, hemos asegurado una lactancia prolongada y muy agradable, nosotros mismos acompañamos y recogemos de la escuela a María del Mar. En definitiva, todos hemos ganado en calidad de vida.

Consideramos fundamental que los niños crezcan con sus padres, y en esa búsqueda de las mejores fórmulas para lograrlo hemos constatado que el equilibrio perfecto entre vida familiar y laboral no existe; la balanza tiende hacia un lado o hacia el otro. Por ello, nos hemos atrevido a dar un paso más: que uno de los dos deje de trabajar con el objetivo de estar con nuestras hijas, y no escolarizarlas al menos hasta los 3-4 años. Dado que yo era la que tenía la situación laboral más inestable, y dado que estamos animados a crear a nuestro tercer hijo, como pareja decidimos que fuera la mujer la que se liberara. Y nunca mejor dicho…; hace ya dos años que Carlos Fresneda escribía un revolucionario artículo sobre La segunda liberación. Padres y madres en casa. De todas formas la decisión costó mucho, más que por razones económicas (que son importantes, y vivir del sueldo de profesor de secundaria de Javier es todo un desafío), porque desde la época de estudiante universitaria era evidente que la trayectoria profesional formaba parte de mi identidad y era un elemento determinante para el crecimiento personal y la transformación social. Además, mi trabajo como técnico de juventud y de gestión de programas europeos me gustaba. Tampoco estaba segura de si sería capaz de estar con mi hija las 24 horas del día sin agobiarme. Pero las preguntas fundamentales eran: ¿Por qué no volcarnos, de la misma manera que lo hacemos profesionalmente, con nuestros hijos cuando deseamos tenerlos?, ¿A qué o a quién dedico mi tiempo, mis energías y mis capacidades?

Reflexionar sobre todo ello ha sido muy intenso y todo un reto personal. Pero con la decisión tomada y ya experimentada, afirmo con rotundidad que soy una mujer feliz, y lo vivimos como un proyecto de pareja en el que cada cual aporta elementos diferentes, necesarios y, por tanto, complementarios. Además, en cada etapa de la vida las personas participamos de forma desigual en los diferentes ámbitos (político, económico, social, familiar, laboral, cultural, etc.). Y con hijas pequeñas, es importante priorizar por encima de los demás el familiar.

La crianza: preparación personal y tarea social

El embarazo es un momento importante para la preparación conjunta de la pareja. Javier y yo nos apuntamos a unas sesiones de preparación estupendas, que nos ayudaron a tomar consciencia de lo que nos estaba ocurriendo. Fueron tres meses de reencontrarse con el instinto y el sentimiento, de compartir conocimientos y sensaciones con otras parejas embarazadas, y con Mikel, un comadrón que asiste partos en casa. Su profesionalidad y la experiencia de otras parejas que venían a contarlo, nos convencieron: Maria del Mar y Aina han nacido en nuestra casa. Ya sólo la preparación de nuestro hogar para tales acontecimientos fue vivida intensamente.

Recuerdo que, durante el primer embarazo, una de mis principales preocupaciones era si sería capaz de cuidar a un bebé. Hacía tiempo que no vivía de cerca la crianza de algún niño; ni familiares ni amigos tenían hijos pequeños. Todo me era muy desconocido. De hecho, me he dado cuenta de lo “desconectada” que está nuestra sociedad de los niños; hay pocos y están “escondidos”. Basta pasear por una ciudad una mañana de un día laborable; se pueden contar con los dedos de una mano. Nada que ver con cualquier lugar de África; vayas donde vayas, siempre te siguen dos docenas de niños curiosos. Lo cierto es que, hoy en día, vivimos en una sociedad individualizada. Este aislamiento se contrapone a las necesidades que conlleva la crianza de hijos, una tarea tremendamente social y socializadora.

Una vez, una vecina procedente de un pueblecito de Granada, me contó que uno de sus mejores recuerdos de la infancia eran los días que su madre se llevaba a sus cuatro hijos al río, a 2 km, para lavar la ropa. Allí se encontraban con otras madres rodeadas de sus críos, que también debían pasar horas fregando, al menos dos días a la semana. Comían en el campo, y ya por la tarde con la ropa seca, volvían a casa. ¿Cuántas funciones educativas y sociales tenían lugar de forma gratuita? Los niños jugaban entre ellos y las madres compartirían sus risas, preocupaciones y fatigas entre sábanas y pañales. Hoy en día estos espacios públicos han desaparecido y, si bien cubrimos las necesidades primarias entre el supermercado, la farmacia y el microondas, hemos perdido el contacto vital con otras personas que atraviesan la misma etapa que la nuestra. También hay más parejas que sufren la lejanía de los apoyos de la familia, tan de agradecer en muchos momentos. Por estas causas, hoy en día necesitamos crear asociaciones.

La creación de una asociación de madres y padres

Así nació Néixer i Créixer *(Nacer y Crecer), nuestra asociación de mamás y papás con hijos pequeños. Media docena de parejas que nos conocimos durante las sesiones de preparación al parto, después del nacimiento de nuestros primeros hijos y una vez pasados los primeros meses de “sálvese quien pueda”, queríamos encontrarnos para seguir aprendiendo y compartir experiencias. Decidimos crear un espacio abierto a todos los interesados, y entre cambio de pañal, eruptitos y teta, nos pusimos en marcha de forma sencilla. Dos años después, y ya con 75 socios a nuestras espaldas, nos sorprendemos de lo pertinente de la asociación que tiene como objetivo apoyar a la maternidad y paternidad, y así motivar una vida familiar más enriquecedora, saludable, ecológica y solidaria. Así pues, Néixer i Créixer quiere trabajar sobre todo temas relacionados con la crianza y educación de los hijos, y la vida de familia. También hay otros que nos preocupan: embarazo, parto y nacimiento, lactancia…, pero las áreas prioritarias son educación y psicología, salud, consumo responsable y tiempo libre, ocio y vacaciones familiares. Hemos organizado charlas (alimentación, consideraciones a las vacunas, la educación de 0 a 3 años, etc.), coloquios (estimulación temprana, el sueño de los niños), talleres lúdicos conjuntos para padres e hijos (taller musical, taller de maquillaje para disfrazarse), excursiones con cochecitos. No han faltado los actos más divulgativos y reivindicativos sobre el consumo responsable de juguetes, la demanda de partos más humanizados, etc.

Se trata de una iniciativa que ha sido socialmente muy bien recibida. Algunas similares están surgiendo por nuestro país: Natalidad y Trabajo en Madrid, Crear y Criar en Girona, los Encuentros de Familias en Alicante, sin contar los más de 40 grupos de apoyo a la lactancia que existen en España.

Lo más importante es confiar en la vida y simplificarla

Aina y María del Mar me han ayudado a reconocer que para gozar de ser madre (o padre) y, en definitiva, para que nuestros hijos sean felices, lo más importante es tener fe en la vida, en una misma y en el bebé. En segundo e imprescindible lugar, simplificar la vida; ello nos asegurará la comunicación armoniosa con los niños. Y en tercer lugar, hacer lo que te pide el corazón. Luego ya llegarán las charlas y los libros.

Como dice un padre, Javier Herrero, respetemos a los niños como seres humanos dueños de su propia vida que tienden de forma natural hacia la autonomía, hacia el desarrollo, hacia el equilibrio, hacia la vida. Una actitud que John Holt sintetizó magistralmente: simplemente, confiar en los niños.

Si deseas más información, puedes visitar la página de la asociación, pinchando en el siguiente vínculo www.geocities.com/neixer_i_creixer. Además se puede consultar una reflexión sobre el tema publicada por Cristianismo y Justicia disponible en www.fespinal.com