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Padre, quiero convertir en oración una larga y dura experiencia profesional que me ha tocado vivir. Ya la conoces, claro, pero hoy me atrevo, incluso, a darte gracias por ella, a pedirte perdón por mis dudas y debilidades, y a poner en tus manos mi esperanza en su justa resolución.

 

Es esta una vieja historia que comienza hace más de diez años. Ahora, ya sabes, sigue siendo una de mis preocupaciones personales y uno de los asuntos que más tiempo consumen en mi quehacer profesional.

Ha sido mucha la tensión vivida, en una situación completamente novedosa para mi: juicios, jueces y tribunales, prensa, abogados, cifras mareantes,… Tensión que desde este acontecimiento profesional ha invadido mi ámbito personal y familiar, también el de mis amigos, y como no, el de mi grupo de Profesionales Cristianos.

 

Una experiencia dura –y aún por resolver- que ahora leo en positivo: el apoyo familiar y de los amigos  (la solidaridad de los más cercanos), la escucha del grupo (la esperanza a la luz de las revisiones de vida), y sobre todo el posicionamiento de los compañeros del trabajo (ejemplo cercano de perseverancia en los criterios éticos y profesionales por encima de las presiones: no todo se reduce a quitarse los problemas de encima a costa de los demás.)

Como profesionales, actuando éticamente, construimos una sociedad mejor, un espacio en el que la convivencia es posible, y cuyo único valor no es el dinero o el prestigio. Donde la justicia en las relaciones humanas está por encima de los intereses personales.

 

Trabajar en equipo nos hace más fuertes. Mis compañeros de trabajo, no creyentes, me han ayudado a mantenerme firme. En ellos he podido ver como es posible pasar de los planteamientos éticos teóricos a los posicionamientos personales serios, comprometidos y consecuentes. Es una alegría saber que no todo el mundo tiene un precio.

Ha sido también mucho el tiempo de oración, de ponerme en tus manos Señor, y también, Tú lo sabes, de quejarme y maldecir mi situación ¿por qué a mí, Señor? ¿por qué ahora?. Tiempo de compartir contigo mis sensaciones: los sinsabores y las zancadillas, las dudas y las debilidades, y también la alegría de sentirme acompañado y actuando correctamente. La oración diaria de lo que ha iba aconteciendo, tu acompañamiento, fue serenado mi ánimo y me dió lucidez y fuerza para dar algunos pasos importantes.

 

Gracias Padre, por mantenerme alerta y alentarme, gracias por el esfuerzo de quienes se han dedicado a demostrar la verdad de los hechos, y a desenmarañar una historia de falsedades y burdas pretensiones económicas.

Gracias por el mensaje del Evangelio que me anima y me llena de esperanza. El camino a recorrer no nos dijiste que fuera a ser sencillo, ni fácil de escoger: “Os aseguro que vosotros llorareis y os lamentareis mientras el mundo estará alegre; vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría” (Jn 16,20).

 

“También vosotros ahora sentís tristeza; pero volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría. Ese día no me preguntaréis nada. Os aseguro que el Padre os dará todo lo que pidáis en mi nombre” (Jn 16, 22-23) Gracias por la experiencia reconfortante y vivificante de la resurrección y del encuentro con Jesús. Padre, tras las dudas y los malos momentos, ahora te pido para que pueda llegar a decir que mi alegría no puede quitármela nadie.