Otro curso más. Y van unos cuantos. El comienzo como siempre en el mes de septiembre. Llegas a este mes y empiezas a pensar en cuántos y en cómo serán los muchachos que “te tocarán en suerte”.
El inicio, como todos los años, con unos pocos de nervios, no tanto como los primeros, pero si con la sensación de que empiezas de nuevo (a pesar de los muchos comienzos realizados).
Este año son los alumnos de tercero de la E.S.O., unos con unas dificultades y otros con otras, pero todos ellos hijos del mismo Dios.
Recordando lo que Manolo Barco nos dijo acerca de la mirada teologal y la mirada educable en cuanto a nuestra vida, aquí estoy Señor con mis defectos y mis virtudes intentado mirar la vida, y sobre todo la vida de los muchachos y muchachas, con ganas transformadoras y ojos misericordiosos.
Te traigo y pongo ante Ti a “mis” muchachos y muchachas del Instituto. Así, con nombre y apellido, con su rostro, con sus alegrías y sus penas, con sus logros y sus fracasos. Te presento a Amir, que parece que va asumiendo responsabilidades; a Javier por el paso tan grande que ha dado en su vida, aunque parece que no se ha dado cuenta, en el trabajo pero sobre todo como persona; a Víctor con su problema de relación con los demás; a Laura con su eterna sonrisa y su no callar; a Sara y Carmen con su autoestima “por el suelo”, con su decir “que no pueden, que no se”.; a José Carlos que de vez en cuando parece que termina por quitarte la paciencia, … Y así Señor te enumeraría a cada uno de los alumnos y alumnas que este curso me has deparado en suerte.
A todos ellos te los presento y te pido que no les dejes de tu mano, que los ayudes y les animes en los pequeños grandes pasos que van dando, aunque no sean demasiado conscientes de ello. No les tengas en cuenta sus defectos, pues en el fondo todos sabemos que son como niños. Niños a los que Tú dedicas parte de tu obra, teniéndoles en cuenta y protegiéndoles. Nunca los despachaste con mal humor, (como no lo hiciste jamás con persona alguna) sino todo lo contrario que los acogiste con gran ternura, como nos dice Mt 19,14-15 “no impidáis que los niños se acerquen a mi porque los que son como ellos tienen a Dios por Rey”. Ojalá que en este sentido nos volvamos como niños.
Pido también Señor que me des luz para seguir reconociéndote en los muchachos; fuerza para no caer en el desánimo y seguir acercándome a ellos (a pesar de la que está cayendo) y para que las actitudes que me van moviendo en este ámbito no se me queden en el olvido ni se marchiten, esperando poder aportarles algo de lo que para mi es fundamental, en sus vidas
Gracias Jesús por ellos y ellas



Creo, efectivamente, que hay toda una revelación de Dios en el ejercicio de la profesión. La vivencia más nítida en mi caso, por lo intensa y por lo cotidiana es la del Dios entrañable que siempre acoge, perdona, ofrece otra oportunidad aún a sabiendas de que volveremos a fallar o el éxito será sólo parcial. Para mí ésta es la esencia de la relación educativa: estar siempre dispuesto a acoger, a ofrecer otra oportunidad, tal como Dios mismo hace con nosotros, conmigo, sin tirar la toalla, sin dar nada por perdido. Lo cual necesita como requisito previo, entrar en relación, vincularse. Esto no significa convertirse en colega. Es como la historia de salvación que también, en parte, ha operado en nuestra historia personal: entrar en relación, vincularse, sentirse acogido, querido y perdonado -pese a las propias limitaciones- por Dios. A mí me ayuda a mantener la ilusión, re-armarme de paciencia, relativizar los fracasos…, y aportar alguna luz a las personas que viven en una realidad deteriorada por el universo particular en que viven. A los resultados me remito. Al final, lo que les queda es esto, y no tanto los contenidos: un estilo de ser, de relacionarse, de gestionar su vida, sus conflictos…